24 sept. 2009

Desnúdate. No. Arráncate la ropa. No hagas caso del orden de prendas. Ahora túmbate poco a poco. Pon la espalda en el suelo frío del mármol frío, despacio. Que lo sienta cada uno de los poros de tu espalda. Que se te pongan todos los pelos de punta.
Después, pide a alguien de manos frías que haga un recorrido con la yema del dedo índice desde tu ombligo hasta tu estómago. Despacio. Cuando llegue a su destino, que cierre el puño y lo deje caer con toda su fuerza.
Lo ideal sería que, una vez llegados a este punto, se prestara a abrirte el pecho y arrancarte el corazón de un manotazo. Entonces, que le escupa. Que le escupa delante de tus narices y lo tire al suelo con fuerza para que cuando caiga pueda pisarlo con botas de cazador.
Ya puedes recoger lo que haya sobrado y ponértelo en su sitio. Vuelve desnuda de donde viniste, métete en la cama de sábanas frías, que hoy no hay agua caliente.




(Celos)

22 sept. 2009

Distinguir los colores. Mover los dedos y pintarme las uñas. Elegir la ropa, elegir el desayuno y la merienda y a veces, el almuerzo y la cena. Sacar a pasear al perro. Lavar al perro. Peinarme de diferente forma aunque siempre acabe igual. Teñirme el pelo. Encogerme de hombros. Masticar. Saltar, dar volteretas, jugar con mi hermano y con mi perro. Elegir mi próxima mascota. Tomar medicinas. Comer chocolate. Y leche, y pan, y langosta, aunque no lo haga. Respirar polen en plena primavera. Llevar mangas cortas en Enero. Hablar perfectamente un idioma e intentarlo en tres más. Ver películas. Reír a carcajadas. Tomar alcohol. Leer con los ojos. Elegir qué leer con los ojos. Rascarme la espalda, besar, jugar al Twister. Cerrar el paraguas bajo la lluvia. Tirar la sal en la mesa, romper espejos, pasar bajo escaleras, ver películas de miedo, llevar amarillo y tener un gato negro. Aprender a conducir, estudiar, comprar una sandía, comerme las uñas de los pies. Salir sin llaves, y sin reloj, y sin dinero. Hacer el amor. Llamar por teléfono, coser un botón, ir al cine y enviar mensajes de amor. Caminar sin pisar las líneas, sacar la basura, curarme las heridas, bajar las escaleras a la pata coja, dejar que me piquen abejas y mosquitos tigre. Y los normales también. Colorear sin salirme de la línea, sonreír, llevar escote y pintalabios. Nadar, nadar desnuda, cantar, reconocer canciones de hace años, reconocer el sonido de coches conocidos. Montar en avión, en tren, en coche y en autobús sin límite de tiempo. Discutir y gritar. Perdonar, pedir perdón. Sacarme la mierda de entre las uñas y la cera de los oídos. Jugar al escondite, mirarme a un espejo, dar un susto, respirar.
...


(Puedo)

17 sept. 2009

12 sept. 2009

Dicen...

Dicen que hay que tener los pies sobre la tierra. Que de un flechazo en un talón se perdió una guerra, o algo así le pasó a Sansón.
¿O fue Aquiles?
Que para los sollozos hay miles, y ya que estamos, para los retozos también. Pero que no salgas del badén, porque lo demás será sonrisas con carmín en el cuello de la camisa.
Dicen que no hay dos sin tres, que sobre la tierra hay que poner los pies; y que no tengas ningún complejo, oye, pero que la cara es el alma del espejo. O el espejo del alma, yo qué sé.
Pues eso, que no hay dos sin tres, pero que tres son multitud y que para los recuerdos ya está el baúl.
Dicen que hay que tener los pies sobre la tierra.
Pero en definitiva, que la vida,
es sueño.
Y los sueños, sueños son.

7 sept. 2009

¿Dónde estás?

3 sept. 2009

Carrera por la escalera, vaivenes en el tren, parada cerca del puerto. Nos damos un paseo. Flores, gente que se mueve con monedas, disfraces, colillas, otras lenguas y de la mano. Puestecillos de gofres. Y de helados y de limonadas y granizados. Gente pescando, gente que mira, gaviotas que miran, carpas sucias, puente de madera. Bancos enfrente del mar y de los barcos y un café. Dos. En vaso de cartón, para llevar.
Y tú. Y tus brazos y tus antebrazos y tus abrazos. Tus manos. Tu boca y tu sonrisa y tu lengua y tus dientes. Y tus ojitos que miran tan... así, y tu nariz con pecas y tu cuello y tú, tú, tú, tú, TÚ.
Tan mío.

2 sept. 2009

Leí El Perfum en catalán.
Antes de abrir los ojos, los bebés reconocen su entorno por el olor. A lo largo de nuestra vida vamos recopilando infinidad de carpetas subdivididas en ficheros sobre este sentido.
El olfato llega hasta tal punto, que podemos llegar a oler cosas que no están presentes en el momento. Es el cerebro quien olfatea. Este le asigna a según qué carpetas, según qué recuerdos.
Y los recuerdos huelen. Eso es seguro.
Yo todavía puedo oler las tardes de invierno en mi antigua casa, sentada en el sofá con mi hermana junto a la estufa y comiendo tostadas con manteca mientras veíamos los Rugrats.
Puedo oler mi primer viaje a Dudley y sus calles mojadas. Puedo oler a mi perro cachorro dormido conmigo en una cama que me sobraba por todos lados, y eso que era pequeña.
Las mañanas de los Reyes Magos y sus regalos nuevos llenos de serpentina; puedo incluso oler los chapuzones de cabeza a la piscina, la casa de mi vecina a donde iba a jugar con su bici porque yo no tenía.
Puedo oler la mañana que vi a mi gato Pipo muerto, la noche que me dijeron que mi abuela ya no estaba con nosotros; la mañana en que llegaba mi madre con un bultito de telas suaves entre los brazos que se llamaba Antonio.
Puedo oler la primera vez que hice el amor. Sé cómo olía la habitación y el poco aire de verano que entraba por las ventanas.
Sé que mi madre huele verde, mi padre blanco y mi hermana rosa.
Me gusta el olor de la pintura, de los libros viejos, de los zapatos nuevos, de las cabecitas de los bebés, de las habas con poleo que hace mi madre y del asfalto mojado de mi pueblo en invierno.
Y hay un olor que me tranquiliza, que me hace sonreír y que no puedo evitar besar. Hoy pasé por la perfumería y me puse su colonia a ver si así podía conciliar mejor el sueño después de dos noches casi sin poder dormir porque se ha ido.
Pero no es lo mismo. Él no huele a esa colonia. Él huele a él, huele a abrazos con mis brazos encogidos y los suyos rodeándome; huele a tranquilidad y a risas debajo de las sábanas y en las calles. A noches en vela. A noches en su cuello. A juegos de matrículas y caricias en la nuca. A palabras que sólo le he dicho a él y palabras que sólo me ha dicho a mí. A ayuda, a protección.
Y todo esto es imposible que lo pueda llegar a impregnar un perfume.

...Eva through the Looking-Glass.

...Eva through the Looking-Glass.