Carrera por la escalera, vaivenes en el tren, parada cerca del puerto. Nos damos un paseo. Flores, gente que se mueve con monedas, disfraces, colillas, otras lenguas y de la mano. Puestecillos de gofres. Y de helados y de limonadas y granizados. Gente pescando, gente que mira, gaviotas que miran, carpas sucias, puente de madera. Bancos enfrente del mar y de los barcos y un café. Dos. En vaso de cartón, para llevar.
Y tú. Y tus brazos y tus antebrazos y tus abrazos. Tus manos. Tu boca y tu sonrisa y tu lengua y tus dientes. Y tus ojitos que miran tan... así, y tu nariz con pecas y tu cuello y tú, tú, tú, tú, TÚ.
Tan mío.
3 sept 2009
2 sept 2009
Leí El Perfum en catalán.
Antes de abrir los ojos, los bebés reconocen su entorno por el olor. A lo largo de nuestra vida vamos recopilando infinidad de carpetas subdivididas en ficheros sobre este sentido.
El olfato llega hasta tal punto, que podemos llegar a oler cosas que no están presentes en el momento. Es el cerebro quien olfatea. Este le asigna a según qué carpetas, según qué recuerdos.
Y los recuerdos huelen. Eso es seguro.
Yo todavía puedo oler las tardes de invierno en mi antigua casa, sentada en el sofá con mi hermana junto a la estufa y comiendo tostadas con manteca mientras veíamos los Rugrats.
Puedo oler mi primer viaje a Dudley y sus calles mojadas. Puedo oler a mi perro cachorro dormido conmigo en una cama que me sobraba por todos lados, y eso que era pequeña.
Las mañanas de los Reyes Magos y sus regalos nuevos llenos de serpentina; puedo incluso oler los chapuzones de cabeza a la piscina, la casa de mi vecina a donde iba a jugar con su bici porque yo no tenía.
Puedo oler la mañana que vi a mi gato Pipo muerto, la noche que me dijeron que mi abuela ya no estaba con nosotros; la mañana en que llegaba mi madre con un bultito de telas suaves entre los brazos que se llamaba Antonio.
Puedo oler la primera vez que hice el amor. Sé cómo olía la habitación y el poco aire de verano que entraba por las ventanas.
Sé que mi madre huele verde, mi padre blanco y mi hermana rosa.
Me gusta el olor de la pintura, de los libros viejos, de los zapatos nuevos, de las cabecitas de los bebés, de las habas con poleo que hace mi madre y del asfalto mojado de mi pueblo en invierno.
Y hay un olor que me tranquiliza, que me hace sonreír y que no puedo evitar besar. Hoy pasé por la perfumería y me puse su colonia a ver si así podía conciliar mejor el sueño después de dos noches casi sin poder dormir porque se ha ido.
Pero no es lo mismo. Él no huele a esa colonia. Él huele a él, huele a abrazos con mis brazos encogidos y los suyos rodeándome; huele a tranquilidad y a risas debajo de las sábanas y en las calles. A noches en vela. A noches en su cuello. A juegos de matrículas y caricias en la nuca. A palabras que sólo le he dicho a él y palabras que sólo me ha dicho a mí. A ayuda, a protección.
Y todo esto es imposible que lo pueda llegar a impregnar un perfume.
Antes de abrir los ojos, los bebés reconocen su entorno por el olor. A lo largo de nuestra vida vamos recopilando infinidad de carpetas subdivididas en ficheros sobre este sentido.
El olfato llega hasta tal punto, que podemos llegar a oler cosas que no están presentes en el momento. Es el cerebro quien olfatea. Este le asigna a según qué carpetas, según qué recuerdos.
Y los recuerdos huelen. Eso es seguro.
Yo todavía puedo oler las tardes de invierno en mi antigua casa, sentada en el sofá con mi hermana junto a la estufa y comiendo tostadas con manteca mientras veíamos los Rugrats.
Puedo oler mi primer viaje a Dudley y sus calles mojadas. Puedo oler a mi perro cachorro dormido conmigo en una cama que me sobraba por todos lados, y eso que era pequeña.
Las mañanas de los Reyes Magos y sus regalos nuevos llenos de serpentina; puedo incluso oler los chapuzones de cabeza a la piscina, la casa de mi vecina a donde iba a jugar con su bici porque yo no tenía.
Puedo oler la mañana que vi a mi gato Pipo muerto, la noche que me dijeron que mi abuela ya no estaba con nosotros; la mañana en que llegaba mi madre con un bultito de telas suaves entre los brazos que se llamaba Antonio.
Puedo oler la primera vez que hice el amor. Sé cómo olía la habitación y el poco aire de verano que entraba por las ventanas.
Sé que mi madre huele verde, mi padre blanco y mi hermana rosa.
Me gusta el olor de la pintura, de los libros viejos, de los zapatos nuevos, de las cabecitas de los bebés, de las habas con poleo que hace mi madre y del asfalto mojado de mi pueblo en invierno.
Y hay un olor que me tranquiliza, que me hace sonreír y que no puedo evitar besar. Hoy pasé por la perfumería y me puse su colonia a ver si así podía conciliar mejor el sueño después de dos noches casi sin poder dormir porque se ha ido.
Pero no es lo mismo. Él no huele a esa colonia. Él huele a él, huele a abrazos con mis brazos encogidos y los suyos rodeándome; huele a tranquilidad y a risas debajo de las sábanas y en las calles. A noches en vela. A noches en su cuello. A juegos de matrículas y caricias en la nuca. A palabras que sólo le he dicho a él y palabras que sólo me ha dicho a mí. A ayuda, a protección.
Y todo esto es imposible que lo pueda llegar a impregnar un perfume.
30 ago 2009
La vida hay que cogerla al vuelo.
Hay que atraparla justo cuando ella quiera pasar. No viene porque la llames ni se va porque se lo pidas. Pasa estés o no estés.
Y hay que estar. Para subirse a ella y degustar hasta la última gota que te ofrezca.
Todo son instantes. La misma vida es uno. Un momento formado por instantes. Una lágrima por una sonrisa. Una carcajada que te deja sin aire por un pecho que se queda sin aire cuando te das la vuelta. Unos buenos días a tu lado por unos buenos días que no te encuentran en su cama. Pero unos buenos días, al fin y al cabo. Merece la pena.
Hay que beberse los segundos.
Porque la vida pasa estés
o no estés.
Y hay que estar.
Hay que atraparla justo cuando ella quiera pasar. No viene porque la llames ni se va porque se lo pidas. Pasa estés o no estés.
Y hay que estar. Para subirse a ella y degustar hasta la última gota que te ofrezca.
Todo son instantes. La misma vida es uno. Un momento formado por instantes. Una lágrima por una sonrisa. Una carcajada que te deja sin aire por un pecho que se queda sin aire cuando te das la vuelta. Unos buenos días a tu lado por unos buenos días que no te encuentran en su cama. Pero unos buenos días, al fin y al cabo. Merece la pena.
Hay que beberse los segundos.
Porque la vida pasa estés
o no estés.
Y hay que estar.
15 ago 2009
19 may 2009
18 may 2009
Ellos se conocieron por casualidad, que es como se suelen encontrar los grandes amores, casi siempre por casualidad.
En este caso ella lo invito a él para que se sentase, y él se sentó. Y claro, no había de qué hablar:
-¿Y qué lees?
Lo malo fue que él no había leído nada del escritor que ella estaba leyendo, y ya mal, empezamos mal, muy mal, por ahí no.
-Pues bonito día
No, pero enseguida empezaron a profundizar, porque ella dijo:
-Sí la verdad es que hace un bonito día.
Y aunque no lo hiciera.
Pero poco a poco él fue venciendo esa timidez que le caracteriza.
Una mañana él se levanta y al abrir los ojos se da cuenta de que está perdidamente enamorado de ella, y quedaron entonces en aquel café en el que se conocieron por casualidad.
Pero fue en aquel café donde ella le dijo:
-¿Sabes?, creo que me tengo que ir durante un tiempo.
-Yo te iba a decir casi lo contrario, que te quedaras conmigo para toda la vida.
Y ella dijo:
-No te preocupes porque yo estaré esperando. Además, cada quince días te mandaré una carta en la que te contaré todo lo que he hecho, todo lo que siento, todo lo mucho que te echo de menos, y todo lo poco que nos falta para vernos.
Él dijo que bueno, que vale:
-Pero que si no te vas casi mejor, ¿no?
Pero se fue.
Fue entonces cuando descubrió que aquello no tenía remedio y que estaba enamorado, que no había ningún elixir que hiciera que la olvidase, que no era cierto aquello de que un clavo saca otro clavo.
Que a veces es cierto que los amores a primera vista existen. Bueno, ¿es que acaso hay otros?
A los quince días llegó la carta de ella, toda llena de besos y de caricias, de te echo de menos. Él lloró.
Pasaron quince días, y otros quince, y otros quince, y otros quince, y las cartas se iban acumulando.
Y su vida consistía en esperar a que llegara el decimoquinto día, abrir el buzón y encontrar la carta de amor en la que ella prometía volver, esperar esa carta en la que ella le diría que volvía pronto.
Y un día ella, sin saber cómo ni por qué, dejó de escribir, y al quince día él se encontró el buzón vacío, y el alma partida en dos.
Ahora él resucitaba con la esperanza de revivir aquellos momentos, en los que, quizá, algún día, abriría la carta en la que ella diría "Pronto estaré allí"
·
En este caso ella lo invito a él para que se sentase, y él se sentó. Y claro, no había de qué hablar:
-¿Y qué lees?
Lo malo fue que él no había leído nada del escritor que ella estaba leyendo, y ya mal, empezamos mal, muy mal, por ahí no.
-Pues bonito día
No, pero enseguida empezaron a profundizar, porque ella dijo:
-Sí la verdad es que hace un bonito día.
Y aunque no lo hiciera.
Pero poco a poco él fue venciendo esa timidez que le caracteriza.
Una mañana él se levanta y al abrir los ojos se da cuenta de que está perdidamente enamorado de ella, y quedaron entonces en aquel café en el que se conocieron por casualidad.
Pero fue en aquel café donde ella le dijo:
-¿Sabes?, creo que me tengo que ir durante un tiempo.
-Yo te iba a decir casi lo contrario, que te quedaras conmigo para toda la vida.
Y ella dijo:
-No te preocupes porque yo estaré esperando. Además, cada quince días te mandaré una carta en la que te contaré todo lo que he hecho, todo lo que siento, todo lo mucho que te echo de menos, y todo lo poco que nos falta para vernos.
Él dijo que bueno, que vale:
-Pero que si no te vas casi mejor, ¿no?
Pero se fue.
Fue entonces cuando descubrió que aquello no tenía remedio y que estaba enamorado, que no había ningún elixir que hiciera que la olvidase, que no era cierto aquello de que un clavo saca otro clavo.
Que a veces es cierto que los amores a primera vista existen. Bueno, ¿es que acaso hay otros?
A los quince días llegó la carta de ella, toda llena de besos y de caricias, de te echo de menos. Él lloró.
Pasaron quince días, y otros quince, y otros quince, y otros quince, y las cartas se iban acumulando.
Y su vida consistía en esperar a que llegara el decimoquinto día, abrir el buzón y encontrar la carta de amor en la que ella prometía volver, esperar esa carta en la que ella le diría que volvía pronto.
Y un día ella, sin saber cómo ni por qué, dejó de escribir, y al quince día él se encontró el buzón vacío, y el alma partida en dos.
Ahora él resucitaba con la esperanza de revivir aquellos momentos, en los que, quizá, algún día, abriría la carta en la que ella diría "Pronto estaré allí"
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