Mi suerte no está en los dados. Está en tus manos.
19 may 2009
Soy. Somos.
18 may 2009
Ellos se conocieron por casualidad, que es como se suelen encontrar los grandes amores, casi siempre por casualidad.
En este caso ella lo invito a él para que se sentase, y él se sentó. Y claro, no había de qué hablar: -¿Y qué lees?
Lo malo fue que él no había leído nada del escritor que ella estaba leyendo, y ya mal, empezamos mal, muy mal, por ahí no.
-Pues bonito día
No, pero enseguida empezaron a profundizar, porque ella dijo:
-Sí la verdad es que hace un bonito día.
Y aunque no lo hiciera.
Pero poco a poco él fue venciendo esa timidez que le caracteriza.
Una mañana él se levanta y al abrir los ojos se da cuenta de que está perdidamente enamorado de ella, y quedaron entonces en aquel café en el que se conocieron por casualidad. Pero fue en aquel café donde ella le dijo:
-¿Sabes?, creo que me tengo que ir durante un tiempo.
-Yo te iba a decir casi lo contrario, que te quedaras conmigo para toda la vida.
Y ella dijo:
-No te preocupes porque yo estaré esperando. Además, cada quince días te mandaré una carta en la que te contaré todo lo que he hecho, todo lo que siento, todo lo mucho que te echo de menos, y todo lo poco que nos falta para vernos.
Él dijo que bueno, que vale: -Pero que si no te vas casi mejor, ¿no?
Pero se fue.
Fue entonces cuando descubrió que aquello no tenía remedio y que estaba enamorado, que no había ningún elixir que hiciera que la olvidase, que no era cierto aquello de que un clavo saca otro clavo.
Que a veces es cierto que los amores a primera vista existen. Bueno, ¿es que acaso hay otros?
A los quince días llegó la carta de ella, toda llena de besos y de caricias, de te echo de menos. Él lloró.
Pasaron quince días, y otros quince, y otros quince, y otros quince, y las cartas se iban acumulando. Y su vida consistía en esperar a que llegara el decimoquinto día, abrir el buzón y encontrar la carta de amor en la que ella prometía volver, esperar esa carta en la que ella le diría que volvía pronto.
Y un día ella, sin saber cómo ni por qué, dejó de escribir, y al quince día él se encontró el buzón vacío, y el alma partida en dos.
Ahora él resucitaba con la esperanza de revivir aquellos momentos, en los que, quizá, algún día, abriría la carta en la que ella diría "Pronto estaré allí"
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13 abr 2009
Escribo palabras sin sentido, con las mismas vocales al final. Para escaparme contigo, para no echarte de menos más.
1 abr 2009
Te das cuenta de que no, que sin él no sigues. Que si vas tranquila por la vida es porque él está en todas partes, aunque no esté en ningún sitio. Que si pasa algo, que no pasa ná. Que luego te ayuda y te dice cómo lo haría él. Y si no, con unos cuantos te quieros te basta. Y que si él falla, se cae todo.
Te das cuenta de que estás al final de una pirámide de naipes a la pata coja, que la última carta es él y que si se tambalea, se va todo a la mierda. Una torre entera apoyada en una sola carta.
Que no, que sin él no sigo.
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31 mar 2009
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Te vendo un corazón destejiendo las hebras de un algodón que cae en quiebra, si te lo llevas. Te cambio una primera brisa y una nana por tu media sonrisa de las mañanas, si te quedas.
Grítame al oído, que no oigo más que alaridos encerrados en los latidos, de un valor asustado en el rincón de la nada. Que la madrugada no viene sola y fría, que no soy más que una sequía de tus labios, y estos no más que un agravio de un menos por más.
Pero no me untes de cristal los ojos, no me pintes un final, que yo solo conozco prefijos para empezar acertijos que nunca nadie pudo averiguar.